Публицистика

Antonio Gala «LA MODELO»

Ирина Саргузина

Antonio Gala «LA MODELO»

Nivel: a partir del B1

Кто-то когда-то сказал о том, что нужно бояться своих желаний, ведь они имеют свойство сбываться. Антонио Гала, в свойственном ему неспешном ритме повествует о превратностях судьбы на примере одной жизни. О том, что все может измениться в одночасье, стоит лишь сильно захотеть.

Модель, недовольная своей жизнью, уставшая от съемок и недосыпов, мечтает сменить профессию, ждет когда закончатся контракты, и она, наконец, сможет начать жить так, как ей хочется. Вселенная услышала ее просьбы и внесла свои коррективы. Похоже, что главной героине рассказа стоило подробнее формулировать свои запросы.

Antesdeleer:

¿Se materializan los sueños y los pensamientos?

¿Estáis de acuerdo que las personas que tienen pensamientos positivos tienen más éxito en la vida?

¿Qué pensáis sobre la profesión de modelo? ¿Es dura? ¿Aburrida? ¿Interesante, creativa? ¿Os gustaría ser modelo?

VOCABULARIO:

Esbeltísima – se refiere a la persona que tiene una figura alta y delgada.

Casta – clase, calidad de una persona o cosa.

Ferragosto – una fiesta italiana celebrada el 15 de agosto.

Manguito – prenda de abrigo en forma de tubo abierto por ambos extremos, donde se meten las manos para protegerlas del frío.

Estela – huella o recuerdo que deja algo que pasa.

Verdugo –  prenda de vestir de abrigo que cubre toda la cabeza excepto los ojos y la nariz.

Batistas – tela de hilo o algodón muy fina usada especialmente para pañuelos y blusas.

Somnífero – medicamento que produce sueño.

Sobrasada – embutido típico balear hecho con carne de cerdo muy picada y sazonada con sal, pimienta y pimentón molido.

Incredulidad – dificultad en creer una cosa.

Embestir – lanzarse contra una persona o una cosa violentamente.

Escuálida – de extraordinaria delgadez o falto de desarrollo.

 

LA MODELO

Reunía sobradas condiciones para ser una magnífica profesional: esbeltísima, de medidas perfectas, un rostro nada común, y una expresión corporal provocativa y casta al mismo tiempo. Y, por si fuera poco, inteligencia. Yo hablaba a menudo con ella; estaba llena de chispa, de observaciones ágiles, de anécdotas significativas. Para ella, la belleza era un instrumento de trabajo y poco más; fuera de horas no abusaba de su tesoro. Inició su carrera a los doce años con un anuncio en televisión; desde entonces no había parado. En la época de nuestra amistad tendría veinticinco, y estaba algo fatigada.

—En este trabajo sucede lo mismo, supongo, que en el tuyo. La gente ve el brillo, los focos, los aplausos; no ve el camino que hay que hacer para llegar a ellos. Y todo es tan monótono... A mí al principio me encantaba la ropa: cambiarme, disfrazarme, divertirme con ella; ya no. Me aburren los viajes apresurados en que no ves más que aeropuertos y salas de desfile. Me aburre tener que estar siempre en forma; renunciar a tantas cosas que te apetecen y que son enemigas de la línea; tener que practicar un deporte sin sentido, porque en la temporada apenas paras en tu casa, donde te esperan sin disfrutarlos tus aparatos, tu piscina, tus libros predilectos. Estoy un poco harta de no poder tener amigos íntimos de verdad, de sentirme obligada a leer a saltos por mucho que un libro me interese...

Por ejemplo, ahora vengo de exhibir una colección en Florencia. No he visitado ni la Galería de la Academia. Era el ferragosto más caliente del mundo. He tenido que posar para los fotógrafos con abrigos de pieles, con manguitos, con capas espesas, con sombreros recargados, con estelas, con verdugos de lana. No sé cómo no me he muerto. Claro, que tampoco me morí el año anterior cuando pasamos los modelos de verano entre las nieves de Montreal: con hielos en la boca para que no saliera vaho, y con ventiladores que agitaran las gasas y las batistas. Me ponía morada de frío pero no me morí. Y además hay que mirar a la cámara con devoción, con amor, con alegría, con sexo; sonriendo, sonriendo, sonriendo, hasta que te caes desmayada de calor o de frío o de cansancio.

Entonces fumaba mucho, y hacía sólo una comida seria al día; no bebía alcohol apenas. Y cuando de paso se reflejaba en algún espejo, de un modo inconsciente estilizaba aún más su aire, alzaba la barbilla, sacudía la melena y se le embravecía la mirada; si notaba que la observaba yo, rompía a reír con una carcajada breve y encantadora.

—Mi vida es un horror. No tiene nada que ver con la realidad. Y tengo firmados contratos por cuatro o cinco años: un horror. Voy y vengo de Oriente a Occidente, de un avión a otro, de una estación en otra: del año, no de las de ferrocarril. Yo no puedo viajar en tren: es demasiado lento. Con frecuencia lo echo de menos: poder sentarse unas cuantas horas en silencio, leer tranquila, adormecerse... Duermo muy mal, entre otras cosas porque no se dónde estoy. Los somníferos me producen sueños extraños. Anoche soñé —no es, ni mucho menos, la primera vez que me tocaba pasar el modelo de novia, y de repente me cayó en mitad de la falda una gran mancha de tina. De tinta o de sangre, no lo sé; creo que de tinta porque la veía negra. Por supuesto que a esas alturas del desfile debo tener la sangre también negra... Se reía con su risa encantadora y breve.

Estoy hasta la coronilla de marcas y de nombres. No valen nada; lo que vale es un buen corte y ya está. No comprendo a la gente que se muere por ellos; y, sin embargo, conseguir que se mueran por ellos es mi oficio...

»No, no me gustan los hombres guapos; sé bien lo que da de sí. Quiero, o querría, un hombre inteligente, sereno, en el que apoyarme con los ojos cerrados...

»Me consuela pensar que ya me queda poco de esta vida; apenas cinco años, y se acabó. Luego haré cine, quizá, es mucho menos agotador, o me casaré, o estudiaré Ciencias Biológicas, que siempre me han gustado... De ninguna manera pondré una agencia de modelos: no me gustaría mandar hacer lo que hago yo tan a desgana. No es que lo odie, ni que esté destrozada, no; pero este oficio es como encontrarse una ostra, con el mito de la perla dentro, y tratar de abrirla, y herirse, y sangrar, y, cuando la has abierto, ver que está llena de sobrasada.

Volvía a reírse con su risa corta y encantadora.

El otro día estaba facturando mi equipaje en un aeropuerto. Se me acercó una mujer que me recordaba lejanamente a alguien.

– Soy Ivette–me dijo–. Ivette, la modelo–agrego ante mi incredulidad.

–¿Dónde te has metido? Creí que te habías retirado del todo. ¿Qué haces en Málaga?

– He venido por lo del proceso. Hace dos años tuve un accidente casi mortal: me embistió otro coche. Me han hecho ya diez operaciones de plástica. Esta mañana se ha visto el juicio de la indemnización.

Casi no la oía. Era otra persona; no sé si mejor o peor: otra. Mayor, con los ojos apagados, casi escuálida. Me acordé de aquel sueño de la mancha de sangre... Era evidente que la vida se había tomado el trabajo de resolver sus contratos y sus dudas.